La visión del mundo de Seyni Awa Camara está basada en verdades e historias atemporales, moldeadas por su herencia wólof y su rol de puente entre el pasado y el presente. Criada por su madre, una alfarera que la inició en la escultura desde muy joven, Camara y sus hermanos gemelos pasaron por una iniciación espiritual en los bosques de Casamançe (Senegal). Considera que sus esculturas son materializaciones de sueños, revelaciones y fantasías, dando forma a narrativas y emociones a través de la arcilla. Su casa es un «teatro sin escenario» que alberga una colección variada que incluye desde figuritas hasta esculturas de más de dos metros. Las obras de Camara reflejan un espectro de la humanidad ―buena, mala, bonita, fea― elaborado en su jardín y cocido en un horno de tierra. Atribuye los rostros a veces distorsionados de sus creaciones al olvido de nuestros antepasados, y retrata temas profundos como la protección maternal y la evasión social a través de su arte.