A los doce años, Ana Mendieta fue una de los 14.000 menores no acompañados que fueron exiliados de Cuba a Estados Unidos en el marco de la Operación Peter Pan. La obra que creó posteriormente está marcada por su deseo de reencontrarse con sus raíces en sus propios términos, para encontrarse en un linaje. En 1980, en circunstancias excepcionales, Mendieta regresó a Cuba por primera vez. Allí visitó las cuevas del Parque Natural Escaleras de Jaruco, en cuyas paredes grabó una serie de figuras que más tarde bautizó con el nombre de personajes femeninos de mitos cubanos o espíritus taínos. Para concebir las formas de estas figuras, la artista se basó en su conocimiento de los mitos indígenas cubanos y precolombinos. Para Mendieta, grabarlas en un lugar que consideraba sagrado era una forma de honrar tanto a la tierra como a sus antepasados, a la vez que inscribía su propia presencia. Presentada en el museo arqueológico de La Sede de Égara, la película de Mendieta que documenta su intervención artística muestra un enfoque muy personal de su intento de reconciliarse con un pasado terrible.